Dogs, Horses and Lobster

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Dogs, Horses and a Lobster

Ona Rocher. Translated by Joe Bruce

Description of Reality: A man accompanied by a woman walks seven dogs with seven leashes. He holds the seven leashes.

Imagination: A man walks fifty dogs and on turning the corner decides to convert into a dog until his death, that comes 16 years later, that is, 62 years as a human and 16 as a dog. He lives 78 years in all.

Description of reality: While I drive my car down a street in Cullera and after seeing the man walking the seven dogs and imagining that he turned into a dog as he turned the corner, three horses appeared with three people mounted on them.

Imagination: After the man converts into a dog and they form a pack of 51 dogs, the pack comes upon 103 horses, without anybody riding them, in single file, with an order improper for the wild horses that they are. With an order more frequently seen in the changing of the English guard, with those long and furry hats. The horses move all at the same pace, with a totally synchronized rhythm. Upon encountering the pack they decide the best is to let all the dogs pass at a time in order to continue with their procession. During all this I remain in my car listening to a version of “Perhaps, perhaps, perhaps,” in Arabic that just came on the radio. I think it’s a great soundtrack for such a scene. The pack of dogs passes, the man who converted into a dog has perfectly adapted to his new state, he’s only had to imitate the rest of the dogs. The horses remain patient, the dogs hurry past, some are lawless, others manifest enthusiasm and some greet with a paw the horses who have so nicely let them pass. Once all the dogs have passed the horses resume their march.

Description of Reality: I’m still in the car after letting the three horses pass and I stop at a crosswalk, where a man walks by with an inflatable lobster so big it might even be bigger than he is. I finally make it home, hours later than what I initially planned. Upon entering my house I remember that last week a door-to-door frozen food representative gave me a box of frozen lobster in order “to try the great quality of the product and check that they weren’t so much different than fresh crayfish,” so I filled the stainless steel pot with water, opened the bottle of wine I’d bought in the supermarket and I waited until the water boiled. I had a glass and at that moment Raul arrived. He asked me what I was doing and asked him if he felt like have some frozen lobster and a glass of wine. He looked at me a little strangely because we never have lobster at home and he told me yes, that he’d come really tired and had just seen a pack of dogs out of control in the street. The water began to boil and the pot emitted an acute sound, I still haven’t gotten used to how the pot advises you that the water is boiling through a mechanism incorporated in the lid, so it always makes me jump a little. The truth is it’s not a bad idea, because many times I forget I’ve left the pot on the flame. I throw the lobsters in and let them boil three minutes, enough time so they cook perfectly. We sit down at the table with the wine and the lobster and I tell Raul that I also ran into a pack of dogs, along with a procession of wild horses and a man with an inflatable lobster.

Perros, caballos y cigalas

Ona Rocher

Descripción de la realidad: Un hombre acompañado de una mujer pasea a siete perros con siete correas. Las siete correas las sujeta el hombre.

Imaginación: Un hombre pasea a cincuenta perros y al girar la esquina decide convertirse en perro hasta su muerte, que vienen a ser 16 años más, es decir unos 62 años como humano y 16 años como perro. En total vive 78 años.

Descripción de la realidad: Mientras conduzco mi coche por una calle de Cullera y después de ver al hombre paseando a los siete perros y haber imaginado que se convertía en perro al girar la esquina, aparecen tres caballos con tres personas montadas en ellos.

Imaginación: Después de que el hombre se convierta en perro y formen una jauría de 51 perros, la jauría se encuentra con 103 caballos, sin nadie que les monte, en fila india, con un orden impropio de caballos salvajes que son. Con un orden más frecuentemente visto en el cambio de la guardia inglesa, con esos sombreros alargados y peludos. Los caballos se desplazan todos al mismo paso, con un ritmo totalmente sincronizado. Al encontrarse con la jauría deciden que lo mejor es dejarlos pasar a todos los perros de una vez para poder continuar con su desfile. A todo esto yo permanezco en el coche escuchando una versión de “quizás, quizás, quizás” en árabe que acaban de poner en la radio. Pienso que es una gran banda sonora para semejante escena. Pasa la jauría, el hombre convertido en perro se ha adaptado perfectamente a su nuevo estado, solo ha tenido que imitar al resto de perros. Los caballos parecen pacientes, los perros pasan deprisa, algunos de ellos están desaforados, otros manifiestan entusiasmo y algunos saludan con una patita a los caballos que tan amablemente les han dejado pasar. Una vez pasan todos los perros los caballos reanudan su marcha.

Descripción de la realidad: Sigo en el coche después de dejar pasar a los tres caballos y paro en un paso de peatones, por donde pasa un hombre con una cigala hinchable tan grande o puede que más que él. Finalmente consigo llegar a casa, unas horas después de lo planeado inicialmente. Al entrar en casa recuerdo que la semana pasada un representante de comida congelada a domicilio me regaló una caja de cigalas congeladas para que “probara la gran calidad del producto y comprobara que no se diferenciaban tanto de las cigalas frescas”, así que llené la olla de acero inoxidable de agua, abrí la botella de vino que había comprado en el supermercado y esperé a que el agua empezara a hervir. Tomé una copa y en ese momento llegó Raúl. Me preguntó que qué hacía y le pregunté si le apetecía unas cigalas hervidas y una copa de vino. Me miró un poco extrañado porque nunca tenemos cigalas en casa y me dijo que sí, que venía muy cansado y que acababa de ver una jauría de perros descontrolada por la calle. El agua empezó a hervir y la olla emitió un sonido agudo, todavía no me he acostumbrado a que la olla te avise de que el agua está hirviendo mediante ese mecanismo incorporado en la tapa, así que siempre me da un pequeño sobresalto. La verdad es que no es mala idea, porque muchas veces se me olvida que he dejado la olla al fuego.

Hecho las cigalas y las dejo tres minutos hirviendo, tiempo suficiente para que se cocinen al punto. Nos sentamos en la mesa con el vino y las cigalas y le cuento a Raúl que yo también me he encontrado con una jauría de perros y además con una fila de caballos salvajes y un hombre con una cigala hinchable.

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